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Cualquier pretensión de fuerza asumida desde una posición de gobierno, al margen de toda posibilidad de reconocer a quienes puedan o no acompañar la propuesta de gobierno en cuestión, es simplemente un gesto de obstinación que termina convirtiéndose en dictadura. O como quiera llamársele toda vez que entre sus sinónimos resaltan los de autoritarismo, despotismo, autocracia, opresión o tiranía. Sobre todo, cuando para llegar a tan desvergonzado situación, quien así la ocupa no debe estar lejos de algún estado de postergación anímica por cuyos efectos se restringen en esa persona capacidades para concienciar con base en la historia contemporánea los riesgos y peligros de visionar equivocadamente el futuro mediato e inmediato alrededor del cual puede afianzarse el devenir nacional. Pero la obcecación sumada al intolerante sectarismo, hacen que estos gobernantes así se comporten. Por supuesto, ayudados por funcionarios que, desde posiciones de alto gobierno, colaboran sumisa y servilmente al hecho perverso de mantener el poder de los medios necesarios por los cuales se permiten usurpar instancias soberanas y decisiones de autodeterminación nacional de manera ilegítima y con visos de traición a la Patria.


Sin embargo, tan deshonrosa ambición tiene un abrumador costo político y un dispendioso costo económico y no menos social. Tan caro problema, no resulta del todo incómodo por cuanto toda dictadura sabe valerse de cualquier método o instrumento de captación, hostigamiento o acoso para obtener los recursos financieros necesarios y suficientes para actuar en consecuencia. Aunque resulta propio de quien se plantea el carácter de dictador, casi siempre de forma solapada, mentir o engañar al colectivo nacional con el único fin de justificar lo imposible, de razonar lo incoherente y de argumentar lo que nunca ha existido. De ese modo, se abroga impúdicamente atribuciones en nombre del manoseado concepto de “pueblo” o de ilusas causas “patrióticas y nacionalistas” para despojar del patrimonio a quienes se resisten al hecho de someterse a las arbitrariedades que, disfrazada o encubiertamente, el dictador ejecuta en confabulación con el Poder Judicial y el Poder Legislativo.

En medio de lo que significa la necesidad de encumbrar la figura del dictador, de figurarlo como un personaje invencible y cumplidor, luce inaplazable afianzar en el imaginario político popular sensaciones y percepciones de triunfo, gracias a la “eficacia y eficiencia” de la gestión de gobierno emprendida. Para ello, se vale de medios de comunicación propios y de otros que bajo sutiles amenazas, su pliegan a actividades de burda propaganda donde no sólo se exalta la figura del dictador concebida como líder del proceso de gobierno en curso, sino que además se valen de patrañas manifiestas para alterar el ejercicio de la historia y así convalidar las falacias argüidas como nuevas razones ante la intención de documentar las ejecutorias ordenadas inconsulta y unilateralmente. O sea, a juro. Es así cómo se fortalece una dictadura, cómo se forja un tirano aunque al final es aplastado por la misma verdad política que engañosamente lo exaltó.

P.D. Cualquier semejanza con la realidad venezolana, es pura coincidencia.
por ANTONIO JOSÉ MONAGAS

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