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Foto de favelas tomada de Google imágenes
Me resulta preocupante la resignación en el Gobierno y la distracción en la oposición acerca de la decisión más urgente y estratégica: que los pobres salgan de su pobreza y que nuestro pobre país, que es hoy Venezuela, decididamente produzca su prosperidad. 




Tenemos todos los factores a mano, menos la decidida voluntad y la visión para hacerlo. 

No es aceptable que 60% de los venezolanos estén condenados al trabajo precario o al desempleo, que los servicios públicos de salud, educación, viviendahábitat, seguridad y basura, entre otros, sean de tercera categoría; que cada vez seamos menos productores y hagamos cola en los puertos esperando la comida, que es empleo fuera y limosna dentro. 


Proyectamos una imagen mundial de pobres regalones mareados con la lotería petrolera. 

El Gobierno busca perpetuarse y blindarse contra el cambio, para lo cual es necesaria la permanencia de los pobres. 

Para muchos el interés por los pobres no pasa de las encuestas que miden si todavía están con Chávez o no. 

La salida de la pobreza se dará cuando un gran reto y visión de país convoque y movilice a todas las fuerzas para lograr que la educación, el trabajo, los servicios públicos, las empresas y su calidad competitiva internacional, dejen de ser pobres y vergonzantes. 

Hay que declarar la guerra total a la pobreza y cercarla, como se hizo con el paludismo, el analfabetismo o con la falta de electricidad. Los actores principales son los propios pobres, transformando sus valores y culturas productivas. 

La sociedad debe brindarles oportunidades novedosas, para lo cual se tienen que dar la mano una férrea voluntad, un plan ambicioso y una convocatoria nacional, que incluya al Gobierno y a la sociedad civil, a los partidos políticos y a las empresas. Un formidable plan de inversiones públicas y privadas, nacionales e internacionales que tense nuestra creatividad y convierta a Venezuela en foco de atracción, al tiempo que se controlan los capitales especulativos que no dejan nada duradero. ¿Nuestro orgullo nacional? 

Los pobres convirtiéndose en productores y ciudadanos. 

En educación necesitamos un plan integral (no es difícil hacerlo), que simplemente tome en serio lo que dice la Constitución. Todo joven hasta los 18 años de edad debe ingresar en escuela de calidad en la que se prepare para la vida y para transformar el país; debe haber inversiones estatales y mixtas para construir más de 5.000 escuelas nuevas, una movilización en las universidades para formar 100.000 nuevos educadores para esas escuelas, formación acelerada en gestión escolar para miles de directores, dotación escolar con tecnología moderna en todos los centros y una verdadera revolución en el currículo, con mirada global, menos romanticismo de guerras campesinas y más formación de ciudadanos responsables con valores solidarios. Al mismo tiempo, tomando en cuenta los 13 millones de trabajadores de hoy y los 15 millones de mañana, una movilización para capacitar y actualizar en los oficios y sembrar emprendimiento competente. 

Nadie puede sacar al pobre de su minusvalía sino él mismo; pero no lo puede hacer solo sino con alianzas que fortalezcan sus capacidades y transformen su educación escolar y la permanente. Las universidades se transformarán el día en que estén menos ensimismadas luchando por su supervivencia y se sientan bienvenidas a esta alianza y transferencia de saberes con los pobres contra el atraso y la pobreza. 



El consenso y el acuerdo nacional contra la pobreza es hoy la manera más positiva de celebrar la nueva independencia nacional en el bicentenario de la primera. Me temo que los desfiles oficiales del 5 de julio se limiten a recordar glorias y celebrar batallas, pero estará ausente esta actual guerra humanitaria: salir de la pobreza. 

Para lograrlo, debemos tomar en serio lo que muy bien expresó Juan Germán Roscio: la prosperidad no consiste en la cantidad de petróleo, minerales y recursos naturales, sino en que la gran mayoría de los talentos y brazos estén activos en la construcción de vida digna para todos; los pobres transformados en ciudadanos y productores de primera.

(*): Rector UCAB
El Nacional

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Lunes 27, la gente amanece trasnochada, cansada, pero feliz, y la celebración se escapa a la calle. Los venezolanos, con su masiva participación en las urnas no menos de 70% de los electores salvaron, por ahora, sus amenazadas libertades democráticas. Hay mucho que celebrar, aunque también cosas que lamentar y corregir desde este momento.

Celebramos el nacimiento de una nueva Asamblea Nacional que representa parcialmente la diversidad política de Venezuela, donde se van a escuchar las voces del Gobierno y su proyecto, pero también a diputados con proyectos democráticos distintos. A veces coincidirán y otras no.
Los electores no se contentan con una Asamblea pluralista y más representativa de la diversidad política; quieren, además, que los nuevos diputados los representen los oigan de verdad y que se dejen interpelar por sus representados en los puntos más sentidos y urgentes, y en los temas nacionales más graves como la seguridad-violencia, descentralización, construcción de viviendas y hábitat, reactivación económica e inversión para brindar oportunidades de trabajo digno a 60% de los venezolanos que hoy sobreviven con empleos precarios o en desempleo.
En adelante no se aprobarán leyes sin discusión. El Ejecutivo tendrá interlocutores con ideas propias; se iniciará el camino de lucha para que el Poder Judicial, la Contraloría, la Fiscalía y la Defensoría del Pueblo hagan honor a su nombre y pasen de serviles del Gobierno a servidores de la sociedad, como exige la Constitución.
La nueva Asamblea tendrá que reaprender a dialogar, a discutir acaloradamente, pero con respeto; a representar el sentir de los diversos sectores del país. Ya no será posible aclamar lo que, sin leerlo, refrenda lo que le envía el Gobierno. Se pondrán a funcionar los mecanismos contra la corrupción y se exigirá rendición de cuentas.
¿Reconocerán el triunfo los dictatoriales?
El 27 de septiembre celebramos el hecho de que se salvó la democracia de una verdadera amenaza dictatorial; ganó 80% de los venezolanos que (chavistas o no) son demócratas. Luego vendrá el examen y la discusión de lo que se hizo mal en la etapa preelectoral y el día de la elección. Habrá críticas duras a los espíritus mezquinos que anteponen su pequeño partido o su pequeño ego a los intereses nacionales y así impiden un triunfo más rotundo de la democracia, y a los cómodos que se quedaron en casa, pues nadie era digno de recibir su voto: pudimos haber obtenido más diputados.
Apenas empieza el rescate de la democracia, que será duro.
Los representantes, les guste o no, tendrán que entender que la sociedad no quiere marcha atrás hacia los tiempos de la hegemonía de los partidos, ni continuar en el populismo caudillista, lleno de palabras y vacío de realizaciones.
Esta celebración democrática del 27 de septiembre no sólo es deseable, sino posible y necesaria. Pero no está garantizada.
De cada demócrata depende hacer que lo necesario se realice. No requerimos ni más tiempo de campaña, ni más dinero, ni más poder, ni mejores candidatos para enfrentar el desbocado abuso de poder y la imposición de una sociedad totalitaria. Sólo hace falta más decisión y responsabilidad de todos en estas últimas semanas: votar, motivar a otros, cuidar las mesas y los resultados, y defender el futuro de nuestro país al expresar con claridad la voluntad democrática de más de 80% de los venezolanos.
Los opositores al proyecto dictatorial deben entender que sus propuestas entusiasmarán a la población sólo si van llenas de pasión por abrir un espacio digno y de poder compartido para los que no tienen poder. Más allá de ilusiones y promesas, los excluidos necesitan programas, realidades y oportunidades.
El examen democrático del 26 de septiembre será exigente con el Gobierno, pero también con los políticos opositores y con la responsabilidad política de cada uno de los venezolanos. Examen sin derecho de reparación ni término medio: o la celebración del triunfo de la democracia y de los derechos humanos democráticos, o su funeral luego de una terrible derrota.
El triunfo actual nos llevará, en el 2012, a obligar democráticamente al Presidente a entregar el poder, luego de 13 años ininterrumpidos de gobierno, sólo superados en Venezuela por el dictador Gómez.
www.noticiasdeaqui.com.ve

 
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